lunes, 28 de julio de 2014

34 aniversario del arte posmoderno guatemalteco


34 aniversario del arte posmoderno guatemalteco

MarciaVázquez

La posmodernidad desde la perspectiva del arte ha recorrido ya cincuenta años –en los años 70 se empieza a hablar de arquitectura posmoderna– bien cimentada en la idea de la desaparición del objeto y la presencia del concepto o de la idea detrás del primero. Los postulados de la posmodernidad entre otros, son  la validez  de la apropiación de las obras, además de obviar la reinterpretación de la realidad, que nos fija en un lugar y en  un momento preciso de la existencia —lo que  estaba presente en las imágenes precedentes sean  estas clásicas o vanguardistas, la posmodernidad hizo que  perdiera  su sentido—  pero a cambio, esta postmodernidad no aporta ni ética ni estéticamente nada nuevo. En Guatemala recién empieza a hacerse sentir en los años noventa y sin duda sigue vigente, por lo que una reflexión al respecto parece oportuna.

La tradición nos dice que los eventos importantes para el ser humano se celebran o conmemoran en los lustros, las décadas o los siglos, pero he dado a este texto un título  que no marca ningún hito en la historia del arte nacional, esto es porque tampoco lo marcan las exposiciones  que se suceden una tras otra con lo mismo de lo mismo, con los soportes y los medios, a estas alturas del desarrollo de las artes y la tecnología, anacrónicos: muñecos icónicos del heroísmo pop, juguetes bélicos, siluetas para ejercicio de tiro, alienación y un sinfín de reclamos resabidos que han perdido su efectividad y están vacios de contenido.  Irrelevantes en tanto que reiterados.

En el arte contemporáneo guatemalteco, con pocas excepciones, no se ve un cambio, un avance que vaya en proporción a la enorme cantidad de artistas nuevos que llenan múltiples espacios de exposición, nunca antes visto.  Lo que hay es estancamiento en su crítica al consumismo, el poder, el machismo o la sexualidad, la violencia y sus derivados. Durante más de treinta años, treinta y cuatro para ser exactos, partiendo del gorro de piñata camuflado hasta nuestros días, se han repetido y se siguen repitiendo incansablemente.

Motivos todos abordados desde una postura pseudofilosófica y pseudoconceptual. Es entonces, la incapacidad del arte para transformar la vida cotidiana. Se vislumbra una falsa promesa, o goce de la obra. En otras palabras, son intrascendentes. Son artistas visuales que ya sin ninguna originalidad, y en muchos casos copiando a otros o a sí mismos siguen el trillado camino recorrido por otros artistas desde el Río Grande hasta el Canal de Beagle. Artistas que insisten en presentarse a exposiciones con más audacia que talento.

La percepción es que los artistas se quedaron congelados en medio de esos discursos que apoyados en soportes poco convencionales, evidentemente descontextualizados y en ocasiones deconstruidos pretenden implicar una interacción comunicativa entre el artista y el destinatario mediado por la obra, pero que no convencen ni aportan nada nuevo, aunque se presenten, como antes se dijo, con aires de conceptualismo y profundad filosófica, donde no hay más que cierto grado de habilidad y técnica.

Todo muy válido en el momento final de la posmodernidad, mas carente de asombro desde el pragmatismo de la recepción, o lo que el observador extrae de lo que el objeto no dice, tal como apunta Barthes: “lo que produce el placer o el goce de la obra de arte”.

Esta es una de líneas paralelas por las que transita el arte en Guatemala. La otra, sin extenderme demasiado en el tema, es la de  un arte moderno  anodino, que reincide en los motivos de la figura humana deformada, con lo cual evidencia su falta de dominio del dibujo, o se acomoda al discurso colorista, a lo cursi para usar un término castellano, y a lo que se vende.  Retoma como asunto de las obras lo vernáculo, cuando no lo religioso o un socorrido paisaje colorido mas desdibujado: iconos agotados todos como pretexto de un juego que quiere ser arte. A este espectáculo que llana en la mediocridad, se suma la falta de correspondencia entre los títulos de las exposiciones y las obras expuestas. 

 ¿Por qué no enfrentar la realidad y todo lo que queda por resolver en un país tercermundista inmerso en la pobreza, la miseria y las desigualdades como  un desafío para abordarlo desde el universo de la imaginación? O para mayor facilidad, regresar a la mímesis sin mayores pretensiones.

La respuesta está en manos de los artistas contemporáneos.  

 

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario